viernes, 30 de mayo de 2025

De a poco

 No se trata de la muerte en si, se trata de la despedida, la despedida duele mucho, porque es una ausencia grande, grande del tiempo, la vida se mide en tiempo, no ganancias, en mercancías o bienes materiales, se mide en tiempo. En años de escuela, horas de trabajo, reír por horas, es en tiempo como Contamos la vida. 

Una comida rica se come despacio con tiempo de sobra para disfrutarlo, un trago amargo se pasa rápido lo más rápido posible para que la tortura duele menos tiempo.

Pero hay tiempo al que no se le puede hacer trampa y dura lo que tiene que durar, ni más para hacernos más felices, ni menos para sentir menos tristeza. 

Así vamos duelo tras duelo, alegría tras alegría, procurandonos felicidad o hartandonos de lo mucho que cuesta dejar los tiempos de estar bien, repudiando a la tristeza que nos ayuda a sanar, abrazandola sin ganas por días, meases, años de cómoda depresión continúa. 

No es la muerte, es la despedida lo que no nos gusta, porque después de tanto traqueteo la muerte es un premio, un descanso, una bocanada de tiempo fresco, es la ausencia del tiempo compartido, de las horas de risa, los ratos de tristeza, los momentos de sorpresa, las horas largas de chismesito a gusto, de las anécdotas de aquellos tiempos, uno no se queda con las propiedades de los muertos, se queda con sus logros de tiempos largos, de esfuerzos, con su tiempo de satisfacción y templanza, uno no viene a disfrutar riquezas viene a pasar buenos y malos tiempos con ellas, porque el pasatiempo favorito de la materia es aprovechar el tiempo para transformarse, es nuestro tiempo la que la manipula para hacernos feliz hasta que cambia y la llamamos vieja e inservible a nuestros propósitos de tiempos. 

No es la muerte la que duele, desgarra y paraliza en llanto a los que aún podemos manipular nuestro tiempo. Es la nostalgia, la impotencia  de crear momentos y recuerdos nuevos, los hijos de nuestro tiempo. Es la manera desgarradora de no avisarnos que este último recuerdo es en último momento en el tiempo para crear con quién apaga su tiempo y se convierte en materia, esa que no para de transformarse, que nos recuerda que no somos más que momentos que se trasformaran en olvido. 

No es la muerte lo que duele, es el instante, la frustración, el enojo de que el tiempo se detenga para otros, sin poder evitarlo, sin preguntarnos, con el egoísmo a tope de nuestro bienestar y la absurda resignación de pasar el tiempo con lo mejor que podamos, con el vacío enorme de tiempo que queda junto a nosotros, con ese hoyo negro que se lo traga todo por nuestro bien. El tiempo no lo cura todo, sólo trasforma la agonía de la ausencia en la nostalgia de lo nuevo.

No es la muerte lo que duele, es nuestra incapacidad de adaptarnos lo más rápido posible a los cambios del tiempo a aferrarnos a la nostalgia como única riqueza de nuestra existencia, de la existencia que se va y nos lastima con la ausencia. Es la despedida la única oportunidad de resiliencia, del proceso de resignación del tiempo. 

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